martes, 25 de diciembre de 2012

MENSAJE DE NAVIDAD 2012 “Nació de santa María Virgen” (Credo).


Mensaje de Navidad de Mons. Tissera
 HERMANAS Y HERMANOS: Mi afectuoso saludo en esta Navidad en el Año de la Fe. Mis deseos de paz y amor para cada uno y sus familias, especialmente para los sufrientes y olvidados. Todos tenemos ante nuestros ojos la tierna imagen del Niño Jesús, en brazos de su madre la Virgen junto a san José en el pesebre de Belén. Es un hecho histórico que todos celebramos en la fe. Un acontecimiento trascendental que brota de la profundidad del amor de Dios, que en el colmo de ese amor se ha hecho uno de nosotros para darnos vida plena.
Todos tenemos recuerdos de la niñez que giran en torno a la Navidad. Los habrá de todo tipo y colorido. Pero centrémonos en el pesebre. Me acuerdo del primer pesebre que armé en casa, en un rinconcito de mi humilde hogar. También de aquel que armamos los chicos de la parroquia, con un artista de la ciudad. Era un pesebre con imágenes grandes, con montañas, arroyos y luces multicolores. Además de las preciosas imágenes del Niño, María y José, había algo que me atraía sobremanera: eran el asno y el buey… ¿Por qué esos animales y no otros? ¿Por qué no un caballo, una vaca, una oveja o un perro, que nunca falta…? Es cierto que había otros, pero no al lado del Niño… Nunca había tenido una respuesta. Solamente que san Francisco de Asís, cuando realizó el primer pesebre viviente, había dispuesto que estuviesen cerca de la cuna un asno y un buey, y que para el frío invierno venía bien el aliento de las bestias. Hasta que una vez leí un comentario al Evangelio de san Lucas. Una explicación que me resultó interesante. Descubrí que eso no era producto de ninguna fantasía, sino que tenía un profundo sentido bíblico; una referencia clara a la unidad del antiguo y el nuevo Testamento. En el libro de Isaías leemos: “Conoce el buey a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; pero Israel no me conoce, mi pueblo no tiene entendimiento” (Is. 1, 3). Los santos padres de la Iglesia vieron en esas palabras una profecía que apuntaba al nuevo pueblo de Dios. Ante Dios, todos los hombres, judíos y paganos, eran como bueyes y asnos, sin razón ni conocimiento. Pero el Niño Jesús, en el pesebre, abrió sus ojos de manera que ahora reconocen ya la voz de su dueño, la voz de su Señor. Cuando ponemos el asno y el buey en el pesebre, cuando los miramos en el portal de Belén, deberían venirnos a la memoria las palabras del profeta Isaías. El buey y el asno conocen, pero “Israel no tiene conocimiento, mi pueblo no recapacita”. El pesebre nos lleva a contemplar la primera Navidad. ¿Quién no lo conoció? ¿Quién lo conoció? ¿Por qué fue así? La palabra de Dios nos dice que Herodes no lo conoció; no comprendió nada de lo que le decían sobre el Niño. Tampoco la ciudad de Jerusalén y su dirigencia sabían nada de ese Niño que buscaban los magos de Oriente. Los que no conocieron eran los sabiondos del momento; los potentados; los entendidos en las Escrituras y los que las interpretaban; las leían pero no las entendían. En cambio, los que conocieron, tomando la comparación del “buey y el asno”, fueron los pastores, los magos, María y José. En el pesebre no hay gente refinada; no hay comodidades; ni siquiera un fogón para el crudo invierno; allí el buey y el asno están como en su casa. ¿Qué pasa hoy en nosotros? ¿No estaremos un poco lejos de ahí, como los que estaban en Jerusalén o en Belén, cómodos en sus casas, atendiendo las visitas de los conocidos, dejando pasar por alto la visita del anunciado y esperado por los profetas? ¿No estaremos muy encerrados en nuestras sabiondas interpretaciones, encerrados en nosotros mismos, ciegos al Señor que se manifiesta sencillo y pobre, sordos para escuchar la voz de los ángeles y ponernos a adorar al recién nacido? ¡Qué importante mensaje me ofrece el pesebre! Dios siendo rico, se hace pobre; siendo grande, se hace pequeño; siendo todopoderoso, se hace débil. Cuanto más sabemos o más tenemos, cuán humildes debemos ser. Qué fácil es volverse ciegos y sordos para con Dios y los demás. Cuán fácilmente se endurece el corazón humano… no quiere ver, no quiere entender. Desde que supe esto acerca del buey y el asno, no sólo me resultan pintorescos, sino que esos animalitos del pesebre son un verdadero despertador de mi alma para que adore, contemple y escuche a esa Palabra que se hizo carne: Jesús. Dios ha querido hacerse hombre, hacerse prójimo, para que nosotros podamos brindar todo nuestro amor en cada ser humano, sin distinción. Amar a Dios y al prójimo, son dos caras de la misma moneda. En este Año de la Fe, queridos hermanos y hermanas, los invito a que juntos pidamos a Dios nos regale un corazón sencillo y humilde, para reconocer en ese Niño del pesebre al Señor de nuestras vidas. Viene bien recordar lo que los obispos latinoamericanos dicen en el documento de Aparecida: “Nuestra mayor amenaza es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad. A todos nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo que no se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. (DA 12). Hace un año que estoy con ustedes, peregrinando en esta Iglesia de Quilmes. ¡Ya va llenándose de rostros concretos mi corazón de padre y pastor! Gracias por tantos gestos de fe y de amor que tienen para conmigo en las visitas que realizo y en los momentos que compartimos; eso nos fortalece en la esperanza. ¡Demos gracias a Dios que camina entre nosotros! ¡FELIZ NAVIDAD Y FELIZ AÑO DE LA FE! ¡Dios los bendiga! Padre Obispo Carlos José Tissera

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